100 años de la Revolución Rusa, movimiento que cambiaría radicalmente el curso del siglo XX

Posted by deinterespublico  /   noviembre 07, 2017  /   Posted in Cultura, Destacado, Slider  /   No Comments

Xalapa, Ver.- Hoy se cumplen 100 años del momento culminante de la Revolución Rusa que eliminó el zarismo y sembró la semilla de la Unión Soviética. Según el calendario juliano, vigente en la época, la toma del Palacio de Invierno en San Petersburgo ocurrió el 25 de octubre de 1917, pero, adaptado a nuestro calendario gregoriano, fue el 7 de noviembre.

CONTEXTO HISTÓRICO.

Sin ánimo de plasmar en estas páginas una clase de historia, es preciso explicar brevemente cómo se fraguó la revolución. No fue cosa de semanas ni de meses; ni siquiera de años, sino de décadas. La industrialización llegaba tarde a una Rusia zarista empobrecida, rural, y con unas infraestructuras de transporte deficientes. Mientras el mundo occidental avanzaba, el proletariado ruso apenas se estaba formando.

El hartazgo con la carestía y la represión llevó a la incipiente clase obrera a organizarse en una manifestación que, en enero de 1905, llevó al asesinato de 200 manifestantes en San Petersburgo, entonces Petrogrado. La noticia se extendió, generando un hastío que llevó a más huelgas. El zar, Nicolás II, impulsó una serie de reformas que no fueron suficientes. Así, el poder obrero fue consolidando su descontento y reforzando a bolcheviques (radicales) y mencheviques (moderados).

El estallido de la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias socioeconómicas para Rusia tensaron todavía más la situación. Los soldados no tenían siquiera munición, y las voces que pedían poner fin a la Gran Guerra crecían. En febrero de 1917 estalló la revolución, que con “apenas” un centenar de muertos logró derrocar a un Nicolás II que apenas controlaba ya a la sociedad, organizada en sóviets.

La duma, el Parlamento ruso creado en 1906 como parte de las reformas, creó un gobierno provisional para proclamar la República y convocara elecciones libres, pero la indecisión a la hora de terminar la guerra, y la imposibilidad de celebrar los comicios con millones de soldados en el frente, aceleró la revolución definitiva.

La noche del 6 de noviembre, la Guardia Roja bolchevique, formada por obreros organizados, empezó a tomar los numerosísimos puentes que aún hoy conserva San Petersburgo; también estaciones de transporte, la oficina de correos, de la compañía telefónica y el banco central del país. Finalmente, ya en el día, lanzó el asalto final al Palacio de Invierno, que apenas opuso resistencia. Con sólo cinco muertos, la revolución bolchevique había triunfado.

 

Petrogrado es el nombre con el que se bautizó al comienzo de la Primera Guerra Mundial la capital imperial San Petersburgo para que sonara menos alemán y más ruso. Es la sede del Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional y símbolo del absolutismo zarista. En la época soviética se llamó Leningrado y tras la caída de la URSS en 1991 volvió a su nombre inicial de San Petersburgo.

Desde el 23 de febrero del calendario juliano, miles de manifestantes furiosos por la escasez de comida invadieron Petrogrado. Estos grupos, compuestos sobre todo por mujeres y obreros, se extendieron rápidamente hasta la huelga general del 25 de febrero.

El zar Nicolás II ordenó reprimir por la fuerza lo que consideraba una protesta contra el hambre. Pero el ejército simpatizó con los manifestantes.

Después de una semana de disturbios, Nicolás II cedió ante el Estado Mayor, que le instó a abdicar “para salvar la independencia del país”. Las derrotas militares de Rusia en la Primera Guerra Mundial precipitaron esta caída, aumentando la desconfianza del pueblo respecto a la monarquía.

Se instaló un gobierno provisional, presidido por Alexander Kerenski, pero su inestabilidad hizo que Rusia se acabara sumiendo en una crisis política.

En 1917, Vladimir Ilich Lenin, líder del movimiento bolchevique, llevaba más de una década en el exilio. Volvió a Rusia con la ayuda de Alemania, en guerra contra el imperio zarista.

Lenin partió de Ginebra el 28 de marzo, atravesó en un tren especial Alemania y luego Escandinavia, cuya frontera cruzó en abril de 1917. Pero se vio obligado a exiliarse de nuevo en julio, esta vez en Finlandia, cuando el partido bolchevique fue declarado ilegal.

A su vuelta de Finlandia, fue Lenin quien, con el pretexto del cierre de una imprenta del Partido Comunista, decidió el momento en que se daría el golpe de Estado.

Leon Trotski, presidente del “Comité militar revolucionario” lo había preparado, asumiendo así el papel de jefe militar cuya primera decisión fue negociar una “paz inmediata” con Alemania y con el imperio austrohúngaro.

En 25 de octubre por la noche, el crucero “Aurora”, anclado en el río Neva y con la tripulación amotinada, disparó contra el Palacio de Invierno, lo que dio comienzo al asalto.

Los marinos y los soldados dirigidos por Trotski se encontraron en el Palacio de Invierno con una guardia desamparada, compuesta por unos mil soldados, cosacos, cadetes y mujeres voluntarias. Alexander Kerenski logró huir e intentó organizar una resistencia abocada al fracaso. El poder cambió de manos.

Lenin y Trotski establecieron los “sóviets”, “consejos” revolucionarios en manos de sus camaradas bolcheviques.

El 27 de octubre, Lenin formó un consejo de los comisarios del pueblo únicamente compuesto por bolcheviques, entre ellos Joseph Stalin y Leon Trotski.

Lenin se negó a integrar a la izquierda moderada y en las primeras semanas en el poder se creó una policía política (La Checa). Miles de “enemigos del pueblo” acabaron en prisión o ejecutados.

Nicolás II fue ejecutado por orden de los bolcheviques junto con su familia en julio de 1918 en Ekaterimburgo (Los Urales), adonde los Romanov habían sido trasladados.

Los bolcheviques instalaron la “dictadura del proletariado”, ganaron la guerra civil y en 1922 fundaron la Unión Soviética.

CONSECUENCIAS.

A lo largo de los siguientes seis años, la guerra civil se apoderó de Rusia. Los bolcheviques y su ejército rojo liderado por León Trotsky lograron imponerse finalmente al Movimiento Blanco, una coalición de zaristas, liberales y socialistas moderados contrarios al radicalismo del gobierno de Vladímir Lenin.

La resultante Unión Soviética, fundada en 1922 y a menudo conocida solamente como Soyuz (Unión) en Rusia, polarizó el mundo como jamás antes se había visto, creando una dicotomía política entre capitalismo y comunismo que secuestró el debate ideológico en el mundo hasta la caída de la URSS en 1991.

Bajo la URSS el mundo vivió algunos de sus períodos más funestos, como la II Guerra Mundial, que desembocó en la creación del Telón de Acero que dividió la Europa capitalista de la Europa comunista, o la nuclearización del planeta en la segunda mitad del Siglo XX.

Finalmente, una revolución tumbó a la revolución. En 1989, el hartazgo por el atraso provocado por el astronómico coste de las carreras militar, nuclear y espacial, especialmente notorio en contraste con un mundo occidental que empezaba a entrar en la era de internet, provocó la apertura y demolición del muro que separaba Berlín desde 1961. El desmembramiento de la URSS estaba en marcha.

LA REVOLUCIÓN OLVIDADA.

Rusia es hoy un país de contradicciones. Con el territorio más vasto del mundo, su población rural continúa siendo masiva, todo mientras Moscú es la ciudad con la mayor concentración de millonarios del planeta. Tras la caída del comunismo, la nueva Federación Rusa se lanzó a los brazos del capitalismo más exacerbado pero no alcanzó a modernizar todo su territorio. Así, la opulencia convive con la pobreza.

Esta contradicción la vive también el actual presidente, Vladímir Putin. El cuasi-dictador ruso fue agente del KGB durante la era soviética, y consideró hace tiempo que la caída de la URSS fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Aún así, Putin ningunea el centenario de la revolución de octubre. “¿Y por qué habría que festejarlo? El Kremlin no tiene previsto ningún acto al respecto”, dijo a la prensa Dmitri Peskov, vocero del mandatario.

Putin ha ido incluso más allá, acusando a los bolcheviques de destruir el Estado ruso y arruinar la vida a millones de personas. Pero en definitiva, la postura del hombre que comanda Rusia con mano de hierro desde hace 17 años se resume en que no quiere ni oír hablar de un revival revolucionario: “No debemos arrastrar hasta nuestros días las divisiones, los odios, las afrentas y la crueldad del pasado”.

Es lógico pensar que quien vivió desde dentro cómo una revolución popular provocó la caída de la Unión no quiera alentar a quienes querrían hacer una tercera revolución para acabar con el régimen actual.

Pero además del pragmatismo dictatorial existe una explicación en el programa ideológico y político de Putin. El mandatario ruso trata desde hace años de recuperar la posición preponderante en el mundo que tuvo antaño la Rusia soviética, pero a la vez, inflama las emociones patrióticas de los rusos invocando la grandeza del imperio ruso zarista, que sucumbió a la revolución de octubre y se vio desmembrado por el régimen de Lenin.

¿Homenajear a quienes destruyeron la herencia imperial que Putin sueña cada noche con recuperar? Por encima de su cadáver.

Con información de La Crónica de Hoy/ Marcel Sanromá

 

 

 

Post a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

css.php