Candidatos, promesas y religión

Posted by Jorge Francisco Cabral Bravo  /   diciembre 26, 2017  /   Posted in Opinión  /   No Comments

Los tiempos tienen la mejor tonada, pero aún no se encuentra la letra para acompañarla, si México midiera su desarrollo por la cantidad de promesas que hacen los candidatos a puesto de elección popular cada seis años, o cada tres en el caso de las llamadas elecciones intermedias, ya seríamos desde hace tiempo uno de los países más “desarrollados” del mundo. Pero no, la realidad, lamentablemente, es otra.

Ha comenzado desde hace un par de semanas la llamada espotiza a través de la cual los precandidatos a todo “principian” a tratar de convencernos a los más de 87 millones de lectores que tiene este país que ellos tienen la solución a los miles de problemas que enfrenta México. El problema es que hoy tiene la llamada clase política, es que ahora el electorado ha perdido la confianza en ella y es más duro de convencer. Y si a ello sumamos que los jóvenes representan el 30% del padrón electoral y, de ellos,  cerca de 14 millones lo harán por primera vez el próximo primero de julio del 2018, la cosa luce más que complicada.

Comenzamos a escuchar promesas de todo tipo. Desde aquellas que prometen dinero fácil a las nuevas y viejas generaciones “quesque” para capacitarse y que pueden conseguir un empleo digno o educación hasta aquellas que prometen terminar con la pobreza, la desigualdad, la injusticia, la inseguridad y el deseo de que “cada mexicano tenga a diario en su mesa alimento suficiente para él y su familia”. Nada nuevo, pues lo venimos escuchando desde hace décadas, nada más que ahora ya nadie cree en nada, el electorado ya se vacunó contra promesas vacías y sin fundamento que escucha cada cierto tiempo.

Y esto como muestra lo que revela en sus respuestas a preguntas de legisladores sobre su Quinto Informe de Gobierno el Presidente dela República, Enrique Peña Nieto: los delitos federales cometidos por los “servidores” públicos provocaron que se abrieran cuatro mil 126 carpetas de investigación, para colocarse en la cuarta causa para iniciar una investigación a nivel federal, por debajo ligeramente de homicidios, secuestros y extorsiones en el país.

Es decir, violar la ley para un “servidor” público llega a equipararse al problema grave que representa cometer un delito por parte de del crimen organizado y el narcotráfico, reveladora estadística, reflejo de hasta donde ha caído la vida pública de los gobernantes en este país: los delitos cometidos por funcionarios públicos son la cuarta causa para abrir una investigación judicial.

Y es que los electores dejaron de creer en promesas cuando se dieron cuenta, en los hechos, de quienes buscan el poder, también buscan con él los recursos en dinero que eso representa, pero no para invertirlo en el bien de todos, sino para quedárselo y depositarlo en sus cuentas bancarias personales y en las de sus familias.

El poder y el dinero van de la mano de un cargo público que debería ser ejercido para servir y no para servirse de la facultad de gobierno  que le otorgan los votantes a quien obtiene un cargo en las urnas, sea cual fuere. Ejemplos, lamentablemente sobran.

Desde el uso de los bienes de la nación en su beneficio personal hasta la realización de jugosos negocios hechos al amparo del cargo desempeñado que, además otorga “fuero” e impunidad.

Bajo la premisa “más de lo mismo” es que arrancaron desde el primer minuto del pasado jueves 14 de diciembre las precampañas de quienes aspiran a ser “ungidos” candidatos en sus respectivos partidos y coaliciones. Ya vendrá más adelante, por primera vez los llamados “independientes”, si es que logran sortear los obstáculos marcados en la ley para poder registrarse ante el Instituto Nacional Electoral.

Cambiando de tema, me atrevo a pensar que durante décadas a los políticos mexicanos que recitaban el credo del nacionalismo revolucionario, es decir, los priistas, pero también muchos surgidos en el seno de la izquierda partidaria, les daba por  posar de comecuras, aunque los domingos fueran a misa y celebraran la Navidad con su familia. Ese jacobismo, creían, les daba credibilidad y hasta estatus, pues la facción triunfante de la Revolución había abrazado el liberalismo de Juárez y lo había llevado más lejos, al anticlericalismo. La mayoría dde los intelectuales constitucionalistas de 1917 eran jacobinos. Lo eran también Obregón, quien creía que la Iglesia combatía a Carranza, y, ya como Presidente, decretaría la expulsión de sacerdotes extranjeros y hasta del delegado apostólico Ernesto Filippi. Poco después, en 1026 estallaría la Guerra Cristera.

El anticlericalismo no se acabó con el destierro de Callles. Lo mantuvieron vivo en los años del cardenismo, Durante la presidencia de Adolfo Ruíz Cortinez el jacobismo alcanzó su mayor nivel de la etapa  civilista. Luego comenzó a decaer.

Con la visita de Luis Echeverría  al Vaticano, en 1974, llegó la era del descongelamiento de relaciones entre el Estado  y la  Iglesia, Cinco años después vino la primera visita de un Papa a México. En 1992, con la reforma al artículo 130 de la Constitución, el reconocimiento de las Iglesias.

Y en 2000, por primera vez, en casi un siglo se pudo ver a un Presidente de la República comulgando. La religión tardo un buen tiempo en recuperar su lugar como actor visible en la arena política, pero lo logró.

En cambio, el presidencialismo mexicano moderno vivió un viaje; de la negación de Dios a la cautela en la relación con lo ultramundano a la aceptación pública de la fe. Hoy la evidencia sugiere que estamos en el final de esa ruta; el uso político de la religión.

“Algo está pasando” dijo en Imagen Radio el especialista Bernardo Barranco. ”Estamos viviendo una irrupción de lo religioso en lo electoral”.

Barranco puso como pruebas los recientes arranques de guadalupanismo de varios políticos, como el líder nacional  del PRI, Enrique Ochoa, y el líder de Morena, transformando en aspirante presidencial por tercera ocasión, Andrés Manuel López Obrador. Michoacano uno y tabasqueño el otro quizá han hecho removerse en sus tumbas a Mujica y Garrido, sus respectivos paisanos.

La “fiebre religiosa” que ha aparecido en la actual arena electoral, describió Barranco, ha alcanzado también a José Antonio Meade, quien recientemente habló en el Estado de México de la vela que se enciende el Domingo de Adviento y pidió a las mujeres priistas encomendarse a Dios.

Simultáneamente surgió la polémica por el apoyo que el Partido Encuentro Social, al que Bernardo Barranco no duda de calificar de partido religioso, decidió dar a la candidatura de López Obrador, sumándose a la coalición que lo postula.

Dicha acción fue repudiada por algunos simpatizantes seculares del tabasqueño, quienes tacharon al PES  de partido intolerante y de ultraderecha, calificativos que López Obrador se ha esmerado en rechazar.

En la entrevista Bernardo Barranco recordó que el PES, en cuyo ideario hay expresiones de repudio a la izquierda, el populismo y el mesianismo político, fue una de las organizaciones que tomaron la calle, en septiembre de 2016, para manifestarse en contra de la despenalización del aborto y el reconocimiento de los matrimonios igualitarios.

En esa ocasión, añadió el especialista, marcharon los cristianos del a vertiente neopentecostal  que pueblan las filas del PES junto a fieles católicos adheridos a Provida.

¿Qué piensan de la religiosidad de López Obrador? Ha sido ambigua desde hace muchos años respondió Barranco.

Por un lado se declara católico y, tuvo una relación muy cercana con el entonces arzobispo Norberto Rivera, pero también tiene simpatía por los cristianos evangélicos.

Tal vez eso ha facilitado por su origen tabasqueño.

Con lo que estamos viendo ahora, parece que la clase política ha decidido que más vale estar del lado de la religión.

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